Mucho antes de que comenzara la historia de los seres humanos actuales, el mundo habría estado habitado por criaturas enormes, poderosas y, con frecuencia, enfrentadas a los dioses. Al menos, eso cuentan numerosas tradiciones antiguas.
Los jötnar nórdicos, los Titanes y Gigantes griegos, los Nefilim bíblicos, los Fomorianos irlandeses y distintas razas primordiales de América comparten una característica: pertenecen a una época anterior, cuando el mundo todavía no tenía el orden que conocemos.
Sin embargo, estas semejanzas deben interpretarse con cautela. No todas las culturas hablaban exactamente de los mismos seres, no todos eran gigantes por su tamaño y su presencia en los mitos no demuestra que existiera una raza humana gigantesca.
Entonces, ¿por qué aparece esta idea una y otra vez?
No todos los “gigantes” eran realmente gigantes
La palabra gigante se utiliza habitualmente para agrupar criaturas muy diferentes. En algunos relatos se describe a seres de altura descomunal, pero en otros casos su grandeza se relaciona más con su antigüedad, fuerza o poder sobrenatural.
Los jötnar de la mitología nórdica, por ejemplo, no tenían por qué ser físicamente enormes. Del mismo modo, los Titanes griegos no eran simplemente una raza de gigantes, sino una generación de divinidades anterior a los dioses olímpicos.
La semejanza más profunda no está necesariamente en su tamaño, sino en su función: suelen representar las fuerzas primordiales que existían antes de la llegada del orden divino o humano.
Ymir y los jötnar: el gigante del que nació el mundo
En la mitología nórdica, uno de los primeros seres que aparece en el vacío primordial es Ymir.
Según la Edda prosaica, Odín y sus hermanos mataron a Ymir y utilizaron su cuerpo para construir el universo. De su carne hicieron la tierra; de su sangre, los mares; de sus huesos, las montañas; y de su cráneo, la bóveda del cielo.
Ymir no era simplemente un habitante del mundo: era la materia con la que el mundo fue creado.
De él descendían los jötnar, seres asociados con las fuerzas salvajes de la naturaleza y con aquello que se encontraba fuera del espacio ordenado de los dioses. Aunque suelen traducirse como “gigantes”, no todos los jötnar eran representados con un tamaño descomunal. Algunos podían relacionarse, casarse o tener descendencia con los propios dioses.
Aquí aparece uno de los grandes temas del mito universal: para que nazca un mundo ordenado, la fuerza primordial debe ser vencida, transformada o contenida.
Titanes y Gigantes: dos rebeliones diferentes en Grecia
En la mitología griega conviene diferenciar entre los Titanes y los Gigantes.
Los Titanes eran una antigua generación de divinidades, hijos de Urano y Gea, que gobernaron antes que Zeus y los dioses olímpicos. Su derrota durante la Titanomaquia simbolizó el paso de una generación divina a otra.
Los Gigantes, en cambio, eran seres nacidos de la Tierra que protagonizaron otra rebelión distinta: la Gigantomaquia. En esta batalla se enfrentaron a los dioses del Olimpo, que necesitaron la ayuda de Heracles para vencerlos.
Esta lucha se convirtió en uno de los temas más representados del arte griego. El gran friso del Altar de Pérgamo, por ejemplo, muestra a los dioses combatiendo contra los Gigantes en una escena que representa la victoria del orden frente al caos.
Por tanto, Titanes y Gigantes no eran exactamente lo mismo, aunque ambos pertenecieran a un pasado primordial que debía ser superado para consolidar el poder de los dioses olímpicos.
Los Nefilim: el enigma de Génesis 6
Uno de los pasajes más misteriosos de la Biblia aparece en Génesis 6:4:
“Los Nefilim estaban en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres”.
El texto los relaciona con los héroes o guerreros famosos de la antigüedad, pero no explica con claridad quiénes eran.
Algunas traducciones antiguas utilizaron la palabra “gigantes”, mientras que muchas versiones modernas prefieren mantener el término hebreo Nefilim. Su etimología y su relación exacta con los hijos de Dios y las mujeres humanas siguen siendo objeto de interpretación.
La historia fue desarrollada con mucho más detalle en el llamado Libro de los Vigilantes, una de las secciones que forman el Libro de Enoc.
En esta narración, un grupo de seres celestiales conocidos como Vigilantes desciende a la Tierra, se une con mujeres humanas y engendra descendientes gigantescos y violentos. La corrupción provocada por estos seres contribuye al desastre que culminará con el diluvio.
Entre los manuscritos del mar Muerto descubiertos en las cuevas de Qumrán aparecieron fragmentos en arameo de diferentes partes de la tradición enóquica. Esto demuestra que estas historias circulaban ampliamente en determinados ambientes judíos de la Antigüedad, aunque no permite interpretar Génesis 6 como una descripción histórica literal.
Gigantes antes del diluvio en América
Las tradiciones americanas también contienen historias sobre pueblos enormes que habitaron el mundo antes de la humanidad actual.
En el siglo XVI, el cronista Pedro Cieza de León recogió una leyenda de la península de Santa Elena, en el actual Ecuador. Según el relato transmitido por los habitantes de la zona, unos gigantes habrían llegado por mar y se habrían instalado en aquella costa.
Cieza de León fue prudente: aclaró que estaba contando lo que había escuchado y advirtió que existían distintas versiones y exageraciones populares. Su testimonio demuestra que la tradición circulaba en la región, pero no constituye una prueba de que aquellos gigantes existieran realmente.
En Mesoamérica también aparecen relatos sobre humanidades anteriores formadas por gigantes o enanos. Algunas habrían desaparecido por inundaciones, por un sol abrasador o por ataques de animales. Entre determinados pueblos de tradición mesoamericana, los gigantes eran considerados constructores de ciudades antiguas, templos o grandes monumentos cuyo origen resultaba difícil de explicar.
Los cronistas españoles documentaron además el término náhuatl quinametzin, empleado para referirse a seres gigantescos de épocas anteriores. En algunos casos, los grandes huesos fósiles encontrados en el territorio fueron interpretados como restos de esos antiguos habitantes.
Los Fomorianos de Irlanda
En la tradición medieval irlandesa, los Fomorianos eran seres sobrenaturales vinculados al mar, la oscuridad, la destrucción y las fuerzas hostiles de la naturaleza.
En ocasiones han sido descritos como gigantes o criaturas deformes, pero su identidad es mucho más compleja. No constituían simplemente una raza de monstruos enfrentada a los “pueblos civilizados”.
Los Fomorianos mantenían relaciones familiares con los Tuatha Dé Danann, el pueblo de los dioses irlandeses. Algunas figuras importantes descendían de ambos grupos, lo que demuestra que la frontera entre dioses y enemigos primordiales no siempre estaba claramente definida.
Su enfrentamiento en la Segunda Batalla de Mag Tuired vuelve a reproducir el tema de la lucha entre dos formas de poder: las fuerzas antiguas, oscuras e imprevisibles frente a un nuevo orden divino.
¿Por qué aparece el mito de los gigantes en tantas culturas?
No existe una única explicación aceptada. Probablemente, distintas causas contribuyeron a crear y conservar estos relatos.
Seres de una época anterior
Los gigantes permiten imaginar un mundo más antiguo, peligroso y descontrolado. Su derrota señala el final de una era y el comienzo de otra gobernada por los dioses o por los seres humanos.
En este sentido, su tamaño representa algo más que una característica física: expresa la magnitud de las fuerzas que tuvieron que ser vencidas para construir el mundo actual.
Una explicación para ruinas y monumentos
Cuando una sociedad encontraba construcciones antiguas cuyo origen desconocía, podía atribuirlas a seres dotados de una fuerza sobrehumana.
Murallas, piedras enormes, templos abandonados y formaciones naturales se convertían así en las huellas visibles de una humanidad anterior. La idea de que “solo los gigantes pudieron construir esto” ofrecía una explicación sencilla para obras cuya técnica se había olvidado.
El descubrimiento de huesos fósiles
Antes del nacimiento de la paleontología, encontrar un enorme fémur, una mandíbula o un cráneo fosilizado planteaba un problema difícil de resolver.
Los restos de mamuts, mastodontes, dinosaurios y otros animales extinguidos pudieron interpretarse como huesos de gigantes, dragones, cíclopes o monstruos.
La historiadora Adrienne Mayor ha estudiado cómo diferentes pueblos incorporaron los fósiles a sus leyendas. Estas interpretaciones no eran absurdas: eran intentos de comprender restos pertenecientes a criaturas que nadie había visto vivas.
La necesidad de explicar lo extraordinario
Los mitos también utilizan el tamaño para representar poder.
Un enemigo gigantesco hace que la victoria del héroe resulte más impresionante. Un ser capaz de mover montañas permite explicar paisajes colosales. Una raza enorme y violenta convierte el pasado en un tiempo radicalmente distinto del presente.
El gigante funciona porque transforma una idea abstracta —el caos, la antigüedad o la fuerza de la naturaleza— en una criatura que cualquiera puede imaginar.
¿Existió realmente una raza de gigantes?
Hasta ahora, la arqueología no ha encontrado pruebas fiables de una raza humana de varios metros de altura que habitara antiguamente la Tierra.
Sí han existido individuos excepcionalmente altos. El gigantismo es una alteración médica poco frecuente relacionada normalmente con una producción excesiva de la hormona del crecimiento. En una necrópolis de la antigua Roma, por ejemplo, se identificó el esqueleto de un hombre que medía aproximadamente 2,02 metros y que probablemente padecía gigantismo.
Esto es muy diferente de la existencia de una especie o civilización completa de gigantes.
Muchas fotografías de supuestos esqueletos gigantes difundidas por internet son montajes digitales. También son falsas las historias que aseguran que grandes museos y organismos científicos ocultan o destruyen estos restos.
La ausencia de pruebas arqueológicas no reduce el interés de los mitos. Al contrario: nos obliga a buscar su verdadero significado en la religión, la memoria colectiva, el paisaje y la manera en que las sociedades antiguas intentaban comprender el mundo.
Un mito parecido, pero no una única historia
Las semejanzas entre estas tradiciones son sorprendentes, pero no demuestran necesariamente que todas procedan de un acontecimiento histórico común.
En algunos casos pudo existir transmisión cultural. En otros, distintas sociedades pudieron llegar de manera independiente a soluciones narrativas parecidas: imaginar seres enormes para explicar ruinas, fósiles, montañas, catástrofes y épocas anteriores.
El patrón que realmente se repite no es simplemente el de una raza de hombres gigantescos. Es el de un mundo anterior habitado por fuerzas más grandes, antiguas y peligrosas que las actuales.
Para que comience nuestra era, esos seres tienen que desaparecer, ser derrotados o quedar encerrados fuera del mundo conocido.
Quizá por eso los gigantes siguen fascinándonos. No hablan únicamente de criaturas descomunales: hablan de la necesidad humana de imaginar qué existía antes de nosotros.
Para seguir tirando del hilo
Una lectura visual y accesible es El gran libro de los gigantes, acreditado en sus ediciones actuales a Denise Despeyroux y Víctor Escandell.
